martes, 21 de septiembre de 2010

Amnesia

Permaneció un largo rato frente a la puerta sin valor para tocar. Desde adentro le llegaban las risas familiares, las voces disminuidas a murmullos y los pasos que iban de un lado a otro; haciendo alarde de una precaria capacidad auditiva buscaba reconocerla en medio de la mezcla de ruidos. Aunque habían pasado los años sabía que podría identificar el tono de su voz, el taconear de sus zapatitos, su risa que en carcajada sonaba como un agudo alarido; como perro sabueso podía olerla a través de la puerta sin abrir.
Le había comprado flores - margaritas como le gustaban a la nena - pero aún no decidía si las entregaría porque ellos, los familiares presentes, podrían mal interpretar el detalle y hacer comentarios mal intencionados entre dientes. Al final decidió dejarlas entre la maleza del jardín, al salir, las cogería para tirarlas en cualquier basurero. Sonrió sacudiendo la cabeza mientras escondía el ramo tan bien arreglado en la floristeria, que torpe era para esas cosas.
Sólo deseaba lucir bien, impresionarla cuando lo viera, que ella le sonriera al verlo, que lo mirara de esa manera tan dulce y levantará sus cejas en señal de saludo como lo hacía tanto tiempo atrás cuando él llegaba y la encontraba sentada en el patio jugando a las muñecas. Habían pasado tantos años y de ella se decían tantas cosas en los almuerzos familiares los domingos: que le iba bien en Madrid, que terminaba maestría en letras, que ahora publicaba para una revista especializada, que ganaba bien, que tenía novio vasco también periodista, que el acento le había cambiado, que dejaba al vasco por un chileno, que iba, que venía y luego; el último domingo de agosto se informó que la nena venía.
Desde entonces la zozobra constante no le dejaba un segundo de paz. El alcohol y él retomaron su fatal relación, la úlcera empeoraba y el ardor no lo dejaba dormir en las noches, fumaba como un loco empedernido al punto de sentir la garganta irritada; deambulaba por los pasillos de su apartamento dejandose caer a ratos en los rincones para inventar las charlas del reencuentro.
Sabía que los años lo habían deteriorado, que ella lo vería viejo y cansado, algunas canas, algunas arrugas evidentes, los dientes amarillos, las manos huesudas y ese caminar decrépito. además ya no era el hombre exitoso que había sido enseñando en la universidad; ya no había prestigio, el carisma que tanto gustaba a quienes lo conocían ya no estaba esfumado, ese encanto natural...siquiera era un hombre de familia, su mujer lo abandonó cuando él le confesó una noche impregnado de dolor y envenenado de licor, que amaba a la nenita, a la misma que ya no estaba, la que lo dejó sin mirarlo a la cara para decir adiós; esa misma que regresaba justo cuando él era una nada deprimente, una escoria abandonado por los que alguna vez fueron los suyos, abandonado por sí mismo en sí mismo.
Pero ahí estaba, esa noche la vería de nuevo, podría mirarse en sus ojitos como antes, envolver su diminuto cuerpo en el suyo, sentirla temblar cuando la abrace, estremecerse con la cercanía, aspirar su olor hasta embriagarse, besarla, morder un poco sus labios y hacerle el amor. Cómo extañaba hacerle el amor de esa manera cruenta, necesitaba verla, penetrarla de nuevo como esos días clandestinos; exprimirle la carne y verla sangrar, rasgarla de nuevo, destrozarla por dentro con su miembro duro y erecto. Era de esa forma que la amaba y la deseaba, así, salvaje y en carne viva- como los poemas de Lorca que le leía en ese entonces.
Se sobresaltó cuando la puerta se abrió sin tocar aún y esbozó una ligera sonrisa a su hermana que lo hizo entrar de un empujón mientras preguntaba por qué no había tocado.-Terminaba de fumar- respondió resignado. No tuvo tiempo de sacudirse el aturdimiento, no pudo preparar su mejor expresión, sacarse la actitud de idiota o peinarse un poco para camuflar las canas; ahí estaba. Ella parloteaba y se moría de risa con sus primos rodeándola; fumaba, ahora la nena fumaba y era otra siendo la misma. Era hermosa.Tan hermosa como la primera vez que la vio con el vestido amarillo de boleros, el pelo enredado y los zapatos blancos que usó para la primera comunión. Definitivamente no era la misma, su nena no había regresado, esa mujer se le parecía pero no era la que esperaba; esa que miraba conteniendo las lágrimas era figura de mujer desgastada y melancólica; hermosa, pero demacrada como las putas cuando amanece. Notó una tristeza desgarradora en la expresión de la que no era más que una desconocida, su mirada reflejaba amargura, parecía perdida entre tanta algarabía familiar, se notaba incomoda y desganada.Aquella mujer aniquilaba de un trancazo la imagen que amó y mantuvo durante tantos años, le quitaba la vida a lo que fue su vida y el encuentro que tanto vivió en sus memorias inventadas terminó convirtiendolo en un miserable peor.
Dio un paso adelante sin dejar de mirarla, caminado lento, con la torpeza de quien da sus primeros pasos, sintiéndose estafado y enojado; caminaba hacía ella sin saber como enfrentarse a la realidad de su fantasía,inseguro en cada paso que daba al avanzar,cambiando mentalmente una situación por otra, razonando a mil por segundo, entregándose a ese prolongado instante. escarbando entre imagenes del pasado... entre esas del pasado la recordó con exactitud.
Y la miró. Y ella lo miro. Un tácito horror al reconocerse. Recobró la memoria, recordó el amor hecho carne y sangre; superó la amnesia obligada durante años y recordó a la nena cuando él entraba en su cuarto todas las noches para hacerle el amor. No lo amaba. No era el amor sino el espanto lo que los unía; el legitimo terror de una niña asustada. Recordó las lágrimas que caían en la misma almohada a la que el se aferraba cuando el placer dolía; las suplicas de no hacerlo más, las veces que la encontraba escondida bajo la cama, el saludo indiferente con un simple levanton de cejas; la sangre en su entrepierna; el repentino abandono sin una despedida. No lo amaba. Lo sabia en ese momento, lo supo antes, lo sospechó siempre pero era tan mezquino que reconocerlo era vergonzoso.
La nena lo miró, intentó sonreír y levantó las cejas para saludar.

1 comentario:

Pircamita dijo...

Tú!!! exclamo despues de verlo, simplemete tú.

son los mismo miedos lo que no nos dejan continuar, a veces siento que ese miesmo miedo me observa, me da susuto encontrarme en un alguien que ya no esta y saber que quiza nunca estuvo.

Un abrazo, un tú.